Burocracia y tecnocracia en el quehacer de un Centro de D+I venezolano

Burocracia y tecnocracia en nuestro quehacer cotidiano.

El desarrollo de estructuras de organización y de herramientas tecnológicas que tuvo lugar durante el siglo XX, ha dado como resultado una transformación en diversos aspectos de las organizaciones, tales como las herramientas que utilizan para comunicarse y la orientación del flujo de poder. Entre las diversas formas de organización descritas por las disciplinas dedicadas a ello, desde el punto de vista de la política nos interesan dos en particular: la burocracia y la tecnocracia; en la medida en que ambas tienen amplia influencia en la manera como se decide sobre los asuntos públicos, no solamente en Venezuela, sino en todo el mundo.

Este artículo no es una apología de la burocracia, que tanto recordamos por su ineficiencia y las distorsiones que introduce en la gestión de los asuntos públicos. Tampoco intenta ser una crítica principista de la tecnocracia, cuya tendencia a aplicar sus valores e instrumentos de modo irreflexivo reconocemos como un peligro para la vida social. Se trata de introducir la discusión acerca de las formas de comportamiento – y de pensamiento – que generan dos modos de organización del Estado, con el propósito de rescatar la importancia del homo politicus, aquel que utiliza y desarrolla sus cualidades humanas de modo integral y que piensa en colectivo.

En torno a la burocracia y la tecnocracia.

Por “burocracia” se puede entender un sistema de gestión y administración, racionalizado y de cualidad técnica, caracterizado por su organización jerárquica y autoritaria, la delimitación de funciones y la ordenación de acuerdo a normas impersonales, entre otros aspectos. Se trata también, en otra acepción, de un sistema político administrado y dirigido por funcionarios, cuyos miembros son reclutados de la clase política y que reúnen los privilegios de decisión política y ejecución administrativa (García-Pelayo, 1974, 15-16; 20-21). Paralelamente, el concepto de “tecnocracia” comprende la identificación entre la razón técnica y la razón política, la creencia en la existencia de una “solucion óptima”, la imagen de la sociedad como sistemas técnicos y, en consecuencia, la aplicación de los mismos principios a distintos sectores. Así mismo, se entiende bajo este término un modo de estructurar el poder en la cual los técnicos tienen la última palabra en cuanto a la toma de decisiones, sustituyéndo al político en la fijación de líneas y al burócrata en su aplicación (García-Pelayo, 1974, 32-33).

Tanto la racionalidad burocrático-jurídica como la técnico-económica, cuando se aplican a los modos de organización del Estado, tienen en común que trabajan utilizando reglas objetivas, mientras que su actuación se le atribuye a la organización a la que pertenecen. En cambio, se diferencian en varios aspectos, tal como se muestra a continuación (García-Pelayo, 1974, 62-64):

Tabla

García-Pelayo recoge algunos elementos de crítica hacia la tecnocracia (1974, 93-99). En primer lugar, la razón técnica como argumento para toma de decisiones, nos lleva a cuestionar sobre los valores y los intereses que subyacen en dichas decisiones. Además, los técnicos forman grupos en el seno del Estado y en las empresas que le ofrecen sus servicios, por lo cual compiten entre sí por asegurarse las parcelas disponibles. Posiblemente su efecto más pernicioso está en su supuesta concepción apolítica y desideologizada, que denigra de perspectivas que ofrecen sentido al mundo, no solamente en cuanto a la explicación y la representación, sino particularmente en cuanto a la acción. Lo cierto es que, en la medida en que la tecnocracia constituye un sistema de valores y representaciones que contiene además una propuesta de acción, constituye también una ideología.

Hacia una organización de mujeres y hombres políticos.

La reflexión sobre estos dos modos de organización es importante en la medida en que formamos parte de un instrumento de transformación que intenta contribuir con el desarrollo integral de una sociedad que, cada vez con mayor recurrencia, participa en todos los procesos que le atañen. Lo complicado y a la vez extraordinario de este hecho, es que en el camino de ponernos al servicio de algo (ser nosotros mismos instrumentos), tenemos que convertirnos también en sujetos.

En cualquier clase de organización humana se encuentran elementos que dan cuenta de las relaciones sociales en términos, por ejemplo, de jerarquía (posición), poder (la capacidad de influir en la conducta otros) y acceso a recursos. Cualquier enfoque que pase por alto esta realidad debe concebirse como un intento (conciente o no) de ocultarla o de sustituirla por algún elemento ordenador (la razón, las leyes). En cambio, el estudio sobre los modos de organización política y de la administración debe tomar en cuenta que siempre existe un cierto nivel (potencial o real) de conflicto entre individuos o grupos y, en consecuencia, se propone hacer más eficientes los medios de la acción social. Creemos que, al menos en este último punto coinciden las diferentes perspectivas sobre la organización, si no siempre en el primero.

La política, bien entendida y concebida como un hecho social y colectivo, surge entonces como un medio para conciliar intereses y adecuar la acción hacia el logro de fines beneficiosos para la mayoría. Como superación del individualismo (e incluso de una perspectiva individualista de la política), no desconoce el conflicto ni la diversidad de intereses, sino que se orienta a la formación del consenso (activo) y de una voluntad colectiva capaz de movilizar al grupo en la búsqueda de su propio desarrollo por intermediación de las estructuras que sea necesario crear.

Independientemente del modo en el que se encuentre estructurada la organización, es necesario tomar conciencia de la forma que tiene para conocer sus limitaciones, dado que, cuando trabajamos con formas sociales, lo hacemos también con realidades dinámicas que difícilmente pueden ser fijadas en modelos estáticos (sin conducirnos al error de cálculo). Antes que tomar partido por algún modo de estructuración, como la burocracia o la tecnocracia, debemos estar concientes de los fines que mueven a nuestra organización, para que de esa manera podamos plantearnos un horizonte de superación y no quedemos encerrados en alguno de los esquemas dominantes que, obligados por la necesidad de ordenar nuestras acciones, habremos de utilizar.

Referencias.

García-Pelayo, M. (1974) Burocracia y Tecnocracia. Madrid: Alianza.

Nota: artículo escrito en 2008 para el Centro Nacional de Desarrollo e Investigación en Tecnologías Libres – CENDITEL.

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