La guerra económica, el mercado paralelo y la agresión contra la unidad popular

Santiago José Roca

En tanto que transcurren los efectos de la guerra económica es apreciable que la psicología económica del venezolano se encuentra en un trance. La compra-venta especulativa de bienes regulados está generando cambios en el comportamiento de muchas personas que están encontrando en este tipo de actividad una nueva fuente de ingresos particulares. Se trata de un fenómeno que sólo puede extender raíces en una sociedad en la que se atribuye al mercado una realidad material inexpugnable, y que tiene entre sus consecuencias el que naturaliza en el ciudadano común la conducta tradicional del empresariado explotador (1) .

Lo que preocupa no es sólo el desabastecimiento (la ausencia de estabilidad en la existencia de bienes regulados) sino el surgimiento de toda una economía montada sobre la lógica del comercio paralelo. Llamarlo “mercado negro” puede ser engañoso porque sugiere que es una forma alterna o dependiente del mercado convencional. Sin embargo, nos interesa hacer énfasis en que la economía paralela está tomando fuerza propia y puede convertirse en un sistema de circulación de bienes relativamente autónomo. Así, si la “guarimba” constituye una deformación de la vida en común dentro de las normas de la República (2), la especulación y el contrabando doméstico representan un nuevo elemento desintegrador de la sociedad en el plano del trabajo y la producción .

Existe, digamos, una economía corriente, que tiene lugar a través de los caminos convencionales de producción, distribución y compra de productos. En este campo es que observamos los efectos de la guerra económica, como el desabastecimiento inducido. Tras el mercado corriente existe una región no-pública donde tiene lugar la lucha por el control de la oferta y la demanda (en esta lucha participan los agentes del mercado entre sí, y los agentes de gobierno). También existe una forma de economía gris en la cual los bienes se ofertan y se compran por canales no regulares pero permitidos, como por ejemplo en el caso de quienes venden pequeñas cantidades de bienes comprados en el exterior.

No obstante, se ha desplegado también otra forma de economía que crece al margen de la primera, pero que merece atención como un fenómeno especial porque puede estar condicionando, de forma importante, la percepción de las personas con respecto a la producción, el comercio y el consumo.

Esta economía paralela tiene varias características. Como dice el psiquiatra Heriberto González (3), se trata de una economía de extracción porque una parte de los bienes se lleva al mercado paralelo doméstico y al contrabando de frontera. Los bienes que escasean son los que tienen alguna forma de regulación de precio y esto los hace más baratos que en un mercado liberado, lo que funciona como incentivo para la reventa. Por otra parte, esta economía es directamente dependiente del modo actual de redistribución de la renta y de la cultura rentista. El subsidio, que deviene de la renta generada en una economía no productiva sino extractivista, abarata unos productos que en el mercado paralelo se vuelven mucho más caros, en parte por las restricciones que generan las propias redes de economía paralela.

El comercio especulativo es una forma de generar ingresos que no está basada en la producción. Así, la economía paralela no es sólo un modo de extraer bienes de los canales formales de comercialización para llevarlos hacia zonas de comercio especulativo, sino que también es un modo de generar rendimientos, indirectamente, a partir del subsidio creado por el gobierno y basado en medidas de redistribución. Lo que “crea valor” es una dinámica especulativa basada en una oferta restringida y una demanda insatisfecha, con el resultado de que los bienes se intercambian por un precio muy superior al precio marcado (índice de la economía corriente). Pero además, la mercancía adquiere otro significado en el contexto del comercio paralelo, puesto que recibe atención como objeto de oferta-demanda especulativa, y porque ya no es sólo un bien que se intercambia por dinero, sino que también puede ser cambiado por otra mercancía.

Las personas, habituadas en su mayoría a ser consumidores, se convierten en parte de una red de especulación que contribuye dinamizar esta economía. Cualquier persona puede tener un rol en ella porque cualquiera puede ser ofertante de un bien para la venta o el intercambio. De hecho, el producto también tiene valor para el cambio, facilitado por tasas de equivalencias tales como el precio marcado. Alguien pudiera pensar que el intercambio es una expresión menos perniciosa de esta economía paralela, pero es necesario reparar en que esta forma de cambio – a su vez no productivo – se nutre de la adquisición de bienes que no son consumidos directamente por el comprador sino que son almacenados para satisfacer la demanda de otro producto. De ahí que este modo de intercambio también refuerce la sobre-demanda en los establecimientos formales.

El antecedente inmediato de esta ola de comercio especulativo se encuentra en la compra-venta de divisas extranjeras, otro fenómeno inducido, forjado para ejercer presión política a través de la modificación de la racionalidad económica de los ciudadanos (4). Esta actividad logró apropiarse de los mecanismos establecidos por la institucionalidad y facilitó la aparición de revendedores en toda la escala social. La dependencia y el aprovechamiento de los medios establecidos institucionalmente para el acceso a los bienes regulados es otra de las características de este tipo de economía, por lo cual es parasitaria de los canales establecidos para garantizar el abastecimiento a las mayorías. Esto quiere decir que pueden implantarse controles en el mercado convencional para tratar de afectar la economía paralela, pero por definición ésta busca filtrar y adaptarse a tales controles.

Las “colas” en los comercios regulares representan sólo una de las expresiones más visibles del fenómeno y afectan la imagen que tenemos de la economía formal, por lo que suelen recibir atención mediática. Ciertamente, es necesario conocer la economía formal en profundidad, no sólo para poder estimar los modos de potenciar los canales regulares de producción y distribución, sino también para registrar las desviaciones y los nodos que de forma crítica alimentan a la economía paralela. La intervención directa sobre el comercio formal permitirá crear barreras a la sobre-demanda, el tráfico y la especulación. Pero la mirada no puede limitarse a los canales formales de distribución de bienes (con sus conocidas filtraciones), y sería ideal saber cómo son tratados los productos una vez que salen del establecimiento y entran en las redes humanas y territoriales de la especulación.

Por aspectos como éstos es necesario que miremos el problema en su particularidad y no como una mera desviación del mercado convencional. Si analizamos las “colas” como una desviación de la economía formal, puede que saquemos conclusiones intuitivamente correctas pero erradas en la práctica, como por ejemplo suponer de antemano que la cola es resultado directo de la demanda de un producto y tomar medidas para generar una sobre-oferta que apacigüe la demanda. Incluso, un especialista podría recomendar acciones para aumentar la oferta, dado que, en teoría económica, la satisfacción que proporciona un bien es menor cada vez que se consume (utilidad marginal decreciente), por lo que habría un descenso general en la demanda. No obstante, si el consumo también es impulsado por la presión de la economía especulativa, la sobre-oferta servirá más bien como acelerador del proceso de extracción de productos, dado que la demanda estará dada en parte por el valor especulativo que los bienes adquieren en el mercado paralelo.

La economía paralela se caracteriza por la disposición de obtener ganancias a través del control de bienes y la especulación sobre su precio, aprovechando una demanda insatisfecha real o artificialmente. En el centro de esta actividad se encuentra la exacerbación del interés egoísta de incrementar las ganancias y disminuir los costos, lo cual es favorecido por la aceptación cultural del mercado capitalista y de sus patrones básicos.

Resulta muy perjudicial que se asimile socialmente una forma de obtener ingresos basada en el comercio especulativo. Éste representa la hipertrofia de una lógica parasitaria que puede extenderse a diferentes ámbitos de la vida social. Por una parte, el aumento del tráfico crea una sociedad donde todos son mercaderes y casi ninguno es productor, con lo cual se menosprecia aún más la vocación productiva de la sociedad. Además, la búsqueda de la ganancia individual inmediata y la cooperación en torno a la especulación juegan a la par del estímulo al consumismo. En este contexto, no solamente los bienes materiales, sino también el valor humano, pueden convertirse en objeto de intercambio mercantil.

Si bien la cosificación del producto – y la objetivización del ser humano – no son fenómenos nuevos sino propios del capitalismo, lo que estamos presenciando es el traslado de estos aspectos a entornos sociales donde no se encontraban tan marcados (la vecindad, la familia). Paradójicamente, puede que esta versión del mercantilismo esté colonizando el espacio abierto por la satisfacción que han generado políticas acertadas de redistribución de la renta, causantes también en parte de las nuevas exigencias de consumo de la población. Más preocupante resulta constatar que la guerra económica, con sus efectos en la psicología colectiva, funciona realmente un vehículo de ingeniería social que está trastornando el tejido cívico conformado durante varios años de gestión pública con vocación popular. Que esto refleja un interés político de corto plazo es indiscutible (4); pero nos urge valorar las posibles consecuencias para un proyecto histórico trascendente.

La asimilación de una economía paralela como uso extremo del mercantilismo redundaría en mayor corrupción, así como también en el irrespeto a las necesidades de los demás en todos los estratos. Entre vecinos y familiares, el egoísmo se entremezcla con la “solidaridad” cuando aparece la oportunidad de hacer alguna transacción. Una sociedad donde todos son potencialmente traficantes es una sociedad de individuos más egoístas y más inclinada a la deshumanización de las relaciones sociales. También es una sociedad más fragmentada y mejor preparada para la intervención y el acondicionamiento político, económico y militar del gran capital. En cuanto que herramientas de ingeniería social, la guarimba anti-Patria y la economía paralela representan las antípodas de cualquier proyecto histórico de Pueblo.

Si en los primeros años de Gobierno Bolivariano la integración social se convirtió en un reto atendido con fuerza, en los últimos tiempos, el aumento de la calidad de vida y la modificación de las expectativas de consumo de buena parte de la población ha generado nuevas exigencias, satisfechas en parte por la democratización de las condiciones de acceso a bienes de consumo.

No obstante, la aceptación de una economía paralela va precisamente en contra de la formación de un sujeto político que encuentre, en la construcción de un proyecto de vida colectiva, el centro de su realización histórica y cultural. Por tal razón, la Guerra económica tiene entre sus efectos que desmoviliza las bases sociales que apoyan al Movimiento Bolivariano y erosiona, en el corto plazo, la adhesión a su proyecto de Emancipación.

Referencias

(1) Misión Verdad (05/08/15). “La empresa privada y su ejército de bachaqueros”. Disponible en: http://misionverdad.com/la-guerra-en-venezuela/la-empresa-privada-y-su-ejercito-de-bachaqueros

(2) Santiago Roca (24/03/2014). “La República Bolivariana y los anti-patria. Interpretando las protestas violentas de la oposición”. Disponible en: http://www.aporrea.org/oposicion/a184942.html

(3) “Guerra Económica y Psicología de Masas. Entrevista a Heriberto González”. Tatuy Televisión Comunitaria. Disponible en: http://tatuytv.org/index.php/entrevistas/1830-video-guerra-economica-y-psicologia-de-masas-entrevista-a-heriberto-gonzalez

(4) Franco Vielma (20/07/15). “Es culpa de Maduro”: generar la crisis para ganar elecciones. http://misionverdad.com/la-guerra-en-venezuela/es-culpa-de-maduro-generar-la-crisis-para-ganar-elecciones

Nota: una primera versión se publicó el 26/03/2015 en: http://www.aporrea.org/actualidad/a205092.html

 

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